Seguro que esta mañana te detuviste frente a uno. Quizás estabas apurado, maldiciendo ese rojo eterno mientras tamborileabas los dedos en el volante. Pero, ¿alguna vez te preguntaste de dónde salió ese aparato? Si buscas quién invento el semáforo en un libro de texto rápido, probablemente te den un nombre y una fecha. Sin embargo, la realidad es mucho más caótica, llena de explosiones accidentales, caballos desbocados y una rivalidad de patentes que duró décadas. No fue una sola persona. Fue una necesidad desesperada de orden en ciudades que se estaban volviendo locas por el tráfico.
El caos de Londres y un invento que salió volando
Para entender el origen, hay que viajar al Londres de 1868. Olvida los autos. El problema eran los carruajes de caballos y los peatones cruzando frente al Parlamento. Había tantos accidentes que la policía no daba abasto. Aquí entra John Peake Knight, un ingeniero ferroviario que pensó: "Si funciona para los trenes, ¿por qué no para las calles?".
Su invento no usaba electricidad. Era una columna de hierro con brazos que subían y bajaban, llamados semáforos de brazo. De noche, usaba lámparas de gas con cristales rojos y verdes. Rojo para parar, verde para "precaución". Sí, en ese entonces el verde no significaba avanzar libremente, sino tener cuidado.
Funcionó. Al menos por un mes.
Una noche de 1869, una fuga de gas provocó que el semáforo explotara en la cara del policía que lo operaba. El pobre hombre terminó con heridas graves y Londres decidió que la idea era demasiado peligrosa. El proyecto se enterró por casi cincuenta años. Básicamente, la humanidad volvió a confiar en que los caballos no se chocaran entre sí por pura suerte.
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Garrett Morgan y el mito del primer semáforo
Si das un salto a Estados Unidos, el nombre que más suena es Garrett Morgan. Es una figura fascinante. Morgan era un inventor afroamericano que, tras presenciar un choque terrible entre un auto y un coche de caballos, decidió que el sistema de "parar" y "avanzar" no era suficiente. Faltaba una transición.
En 1923, Morgan patentó un diseño en forma de "T" que tenía una posición de "detenerse en todas las direcciones". Esto permitía que los peatones cruzaran de forma segura antes de que el tráfico fluyera en la otra dirección. Es un héroe legítimo, pero técnicamente no inventó el primer semáforo eléctrico. Lo que Morgan hizo fue vender su patente a General Electric por 40,000 dólares, una fortuna en esa época, asegurando que su diseño se masificara.
El oficial de policía que cambió las reglas
Mientras Morgan trabajaba en su diseño, en Salt Lake City, un policía llamado Lester Wire ya estaba experimentando con la electricidad. En 1912, harto de mojarse bajo la lluvia dirigiendo el tráfico, Wire creó una caja de madera con luces rojas y verdes alimentadas por las líneas de los trolebuses. Parecía una pajarera de dos colores.
Poco después, en Cleveland (1914), James Hoge instaló lo que muchos consideran el primer sistema eléctrico moderno. Tenía algo curioso: un zumbador. Antes de cambiar de color, el semáforo emitía un pitido fuerte para avisar a los conductores. Imagina el ruido de una ciudad moderna si todavía tuviéramos eso en cada esquina. Kinda molesto, ¿no?
¿Y qué pasó con la luz amarilla?
Aquí es donde entra William Potts. Era otro oficial de policía, esta vez de Detroit. Alrededor de 1920, Potts se dio cuenta de que el sistema de dos colores estaba fallando porque los conductores no tenían tiempo de reaccionar. No inventó el concepto de la luz, pero fue el primero en introducir la luz ámbar (amarilla) que hoy todos usamos para acelerar cuando deberíamos frenar.
Potts usó cables de ferrocarril y una serie de controles manuales para manejar cuatro intersecciones desde una sola torre. Lo más increíble es que nunca patentó su invento. Como era un empleado público, sentía que su trabajo pertenecía a la comunidad. Gracias a esa falta de ego, el estándar de tres colores se extendió como pólvora sin las trabas legales de las patentes privadas.
La evolución tecnológica: de bombillas a algoritmos
Hoy en día, cuando buscas quién invento el semáforo, ya no hablamos de una caja con cristales pintados. Los semáforos modernos son computadoras complejas. Ya no usan bombillas incandescentes que se queman cada pocos meses; ahora usamos LEDs que consumen una fracción de la energía y duran años.
- Sensores de inducción: Esos cables que ves enterrados en el asfalto cerca de la línea de parada. Detectan el metal de tu auto y avisan al sistema que hay alguien esperando.
- Inteligencia Artificial: En ciudades como Singapur o Barcelona, los semáforos se comunican entre sí para reducir los embotellamientos en tiempo real.
- Prioridad para emergencias: Algunos sistemas detectan las frecuencias de las sirenas de ambulancias o bomberos y cambian a verde automáticamente.
Es una red invisible. Una infraestructura que damos por sentada pero que evita que nuestras ciudades colapsen en un amasijo de metal y bocinazos.
Lo que casi nadie sabe sobre el orden de los colores
¿Alguna vez te preguntaste por qué el rojo está arriba? No es casualidad. Está diseñado así para que las personas con daltonismo puedan saber qué hacer basándose en la posición de la luz, no solo en el color. Además, en lugares donde nieva mucho, el rojo se coloca en la parte superior porque es la zona que menos suele cubrirse por la acumulación de nieve en la visera del aparato. Detalles pequeños que salvan vidas.
Honrestamente, la historia de quién invento el semáforo es una lección de cómo la innovación no siempre es un "momento Eureka" de una sola persona. Es una acumulación de errores, explosiones de gas y policías creativos que solo querían llegar vivos a casa al final de su turno.
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Pasos prácticos para entender el tráfico moderno
Si te interesa cómo funciona la gestión vial hoy en día o quieres optimizar tus rutas, considera estos puntos que aplican la lógica del semáforo a la vida real:
- Consulta los mapas de calor en tiempo real: Herramientas como Waze o Google Maps utilizan la misma lógica de "flujo constante" que William Potts imaginó en Detroit, pero con datos de GPS de millones de usuarios.
- Respeta el "Dilema de la Zona Amarilla": La ingeniería de tráfico establece que si estás a menos de cierta distancia de la intersección cuando cambia a amarillo, debes seguir; si estás más lejos, debes frenar suavemente. Forzar el amarillo es la causa número uno de accidentes en cruces urbanos.
- Observa la infraestructura local: Si ves cámaras sobre los semáforos, no siempre son para multas. Muchas son sensores ópticos que cuentan vehículos para ajustar la duración de los ciclos de luz según el volumen de tráfico del día.
La próxima vez que estés en un semáforo rojo, recuerda a John Peake Knight y su lámpara de gas explosiva. Tu espera de 60 segundos es, comparativamente, mucho más segura.